RUMANIA

Rumania
Por Irina Echeverría Gaitán.
(Nota: Irina se refiere a Chicali para hablar de su Padre y a Yolanda para Referirse a su Madre)
A los 7 años de edad me enviaron a Rumania para operarme de una mal formación en la pierna izquierda, pues se me había deformado el hueso y se enchuecaba hacia fuera provocando que al caminar, cada paso dibujara un círculo y me cayera con mucha frecuencia al no controlar mi deambular.
Era julio de 1972, cuando Yolanda decidió que fuera Chicali conmigo y no ella, según esto para que al convivir juntos nos pudiéramos conocer y acercarnos emocionalmente, pues con toda sus ausencias él no sabía del proceso de la enfermedad y yo le tenía pánico por sus arranques de rabia hacia mí.
Así pues, nos subimos al avión de Luftansa que nos llevaría al encuentro de nuestro conocimiento mutuo. En el viaje iba con nosotros un compañero del PC, que iría con Chicali a un congreso en la desaparecida RDA, su nombre era Antonio Caram.
El vuelo fue bastante aburrido, los dos camaradas hablando de política y yo a mis 7 años mucho no entendía, así que a leer o platicar con las sobrecargo y conocer la cabina del avión, pero cuando Chicali se durmió ni tratar de despertarlo se ponía como ogro, mejor aburrirme las 12 horas de viaje hasta llegar a Francfort donde transbordaríamos 2 horas más tarde para llegar a Bucarest.
El aeropuerto de Francfort era enorme y lleno de gente, el túnel transportador que nos llevaba del avión a la sala de espera era como estar en una película de ciencia-ficción, en las tiendas vendían de todo y para una niña de mi edad todo era maravilloso.
El vuelo a Bucarest fue novedoso, pues las hélices del avión soviético hacían mucho ruido y la turbulencia se dejaba sentir con mucho más fuerza que en el avión alemán.
Cerca de 5 horas más tarde llegamos a Rumania, al pie de las escalinatas del avión nos esperaba una comitiva del gobierno rumano acompañada de una joven hermosa que lucía una mini falda, quién sería nuestra traductora durante la estancia en ese país, su nombre era Joana.
Nos hospedaron en el hotel del Comité Central, donde alojaban a sus invitados especiales. Era un edificio muy grande con un jardín enorme al frente lleno de flores, como en las construcciones de la realeza europea, se veía un poco viejo pero muy lujoso, con enormes candelabros de cristal que hacían brillar todo el lugar. En ese hotel estuve una semana mientras me hacían los exámenes médicos y me asignaban un lugar en el hospital. Durante esos días casi no veía a Chicali, solo en el comedor o para dormir.
Mientras a mí me sacaban sangre, me hacían rayos x y demás cosas de por sí horribles, él estaba en sus reuniones o conociendo la ciudad. Las únicas ocasiones que salimos juntos, fue al circo, donde sí me divertí, y al castillo de Drácula en Transilvania, pro no lo conocí por dentro porque me dejaron en el coche pues él no tenía paciencia para ayudarme a caminar ya que tenía mi pierna enyesada. Ambas salidas fueron en compañía de Caram.
Joana era la única persona que estaba conmigo, ella me enseñó la ciudad, sus jardines, algunos museos y el teatro, también me llevo al Mar Negro. Ella me enseñó lo elemental del idioma rumano para comunicarme y no sentirme aislada en el hospital donde ella no estaría para ayudarme.
Entonces llegó el día, después de desayunar por fin Joana y Chicali subieron al coche conmigo, solo que esta vez íbamos al hospital.
Al llegar se veían algunos vidrios rotos y muros escarapelados, dicen que por la guerra, tenía jardines muy grandes con muchos árboles. Después de hablar con el doctor y explicarnos en qué consistía la cirugía me llevaron a mi cuarto.
Entonces Chicali habló: “pórtate como hombrecito, tienes que ser fuerte, luego nos vemos”. Joana me abrazó y me dijo que nos veríamos el domingo y me dejaron en un lugar desconocido y sola.
Era un cuarto con 5 niños más, recuerdo bien a una niña como de 4 años con los intestinos expuestos por una enfermedad congénita, siempre en cama y con una sonrisa en su carita pecosa. El cuarto era muy frío, creo que por un vidrio roto que permaneció así toda mi estancia, sólo cuando comenzó a nevar lo cubrieron con una cobija doblada.
Todas las noches lloraba mucho, en silencio le reclamaba a Yolanda su abandono. Era horrible cuando se reunían los médicos a mí alrededor para auscultarme, todos asentían y negaban con la cabeza mientras yo no entendía absolutamente nada de lo que hablaban, aunque su trato fue siempre muy cariñoso.
Mi relación con los niños fue al principio muy difícil, yo sin hablar su idioma y sola y ellos con la crueldad que los caracteriza en grupo. También había algunos niños, los más graves, internados en cuartos especiales acompañados de sus mamás.
Los días pasaban entre consultas y piquetes, entre burlas y golpes de algunos niños más grandes que yo.
Había una enfermera que me adoptó y me protegía, su nombre era Svetlana, tenía como 25 años, de cara redonda, cabello negro corto, de piel muy blanca y complexión un poco llenita. Con Svetlana me sentía menos sola, ella fue la que puso en mi conciencia el querer ser mujer claramente por primera vez, cuando un día me dijo que con estos ojos y esta cara yo debí haber sido niña, y no me causó ningún malestar, por el contrario, me sentí muy querida, no sé explicarlo pero fue la primera vez que odié con claridad ser no ser mujer.
Svetlana me lo decía con mucha frecuencia, hasta me decía que yo era su niñita, yo pensaba que era porque yo lloraba mucho, pero lo hacía de noche y ella no lo sabía, ni me veía bañarme que era cuando más detestaba mi cuerpo, quería arrancarme esa cosa que colgaba entre mis piernas y me hacía tan diferente a las otras niñas. Solo Svetlana me hacía sentir verdaderamente como una niña y yo era feliz.
Los domingos eran los días mas felices, eran día de visita, todos recibían a mamá y a papá menos yo, Joana me alegraba esa ausencia, me llevaba libros para colorear, cuentos, rompecabezas, juguetes para armar, algún pastel y por supuesto, saludos de Chicali, quien estaba en reuniones por Europa o descansando en las montañas balcánicas.
Una noche lluviosa de septiembre acostada en una camilla, atravesé el lúgubre pasillo que me conduciría al quirófano, recuerdo pasar las lamparas del techo a medio encender y las paredes ser alumbradas por los relámpagos de la tormenta nocturna.
Cruzamos unas puertas grandes y vi al doctor rodeado de enfermeras junto a una cama de metal muy frío con una lamparota arriba, me acostaron en ese frío metal y me dijeron que todo estaría bien, me colocaron una mascarilla y me pidió el doctor que contara del 10 al 1 y que respirara profundo y pausado, entonces conté 10, 9, 8, 7, 6. Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba con tubos por todos lados y mi pierna enyesada sostenida por unos contrapesos con poleas del techo y me espanté mucho, pero Svetlana estaba allí.
Al día siguiente me llevaron a mi cuarto y me di cuenta al permanecer varios días en cama, que entendía todo lo que escuchaba y ya no me sentí tan sola; aunque no hubo un solo día en que no dejara de extrañar a Yolanda y llorar por su abandono.
El espectáculo era hermoso, todos los árboles se pintaban de oro y rojo y pronto dejarían sus troncos totalmente desnudos para el invierno. Mientras, el suelo se convertía en una enorme y crujiente alfombra con brillos de fantasía.
Llovía casi todo el tiempo y los días se hacían más fríos, entonces las salidas al jardín se hacían más cortas y teníamos que jugar adentro, aprendí a convivir con todos los niños y ellos me conocieron bien; al principio me cuestionaban mucho por la ausencia de mis padres, creían que me habían abandonado y yo les explicaba en todas las formas posibles que su trabajo, que si su militancia, que si la revolución, etc., pero con todo no lo entendían, la verdad es que yo tampoco y siempre terminaba justificando algo que yo misma reprochaba.
Sin darme cuenta cumplí 8 años, era un día como cualquiera yo ni me acordaba, pero a las 3 de la tarde llegó Joana con un pastel y Svetlana trajo un helado de nuez y varios platos, todos mis amigos me cantaron algo que con el tiempo se me olvidó, esa noche como todas lloré y quería entender por qué me sentía castigada, esa recomendación de “pórtate como hombrecito” me confundía mucho, acaso los hombres ¿no lloran?
Entonces cada vez con mas ganas odié no ser mujer.
Pasó el tiempo y llegó diciembre, los médicos decidieron dejarme salir del hospital y pasar las últimas semanas de convalecencia en el hotel. Una mañana fría tocaron la puerta del cuarto y al levantar la mirada vi a Chicali, sus palabras sonaron como al perdón que tanto esperé, mi papá sí me quería y por fin me iría, no importaban los 4 meses de soledad, él estaba frente a mí y me sacaría de allí. Me despedí de todas y todos mis amigos, muchos ya se habían marchado y llegaron otros, ahora me tocaba a mí.
A Svetlana la abracé muy fuerte y le juré que nunca la olvidaría, y no sólo no la olvidé, le tengo un enorme agradecimiento al ayudarme a sanar heridas de mi corazón y por estar dispuesta a quererme como soy.
Cuando llegamos al hotel fue como estar en casa, era un lugar familiar y muy bonito, yo quería ver a Chicali de forma distinta, hasta le decía papito, como si así no me volviera a dejar sola. En fin, las cosas fueron como antes, él a sus cosas y yo con Joana.
Al tener la pierna enyesada los paseos fueron más escasos, sobre todo al caer las primeras nevadas.
Un día especialmente frío me asomé por la ventana y vi algo que no había visto nunca, eran pedacitos de plumas o de algodón que caían muy suave del cielo, entonces Chicali se salió del cuarto y me dejó sola, al ratito regresó con una cubeta llena de nieve para que la tocara, pues si salía y llegaba a pisar con el yeso podría tener algún problema con los tendones que me habían injertado. Ese fue uno de los gestos más tiernos que tuvo en mi vida.
Llegó el fin de diciembre y del año 1972, en el hotel hubo una gran recepción y brindis por el año nuevo.
Después de cenar Chicali me llevó a dormir y él regresó a la fiesta, cuando regresó a dormir estaba borracho, hasta me dio un beso y me dijo que me quería. Al amanecer, como a las 7 quise despertarlo para que me llevara al baño, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles, yo traté de ir sola pero no podía moverme sin ayuda, estando ya desesperada trate de dormirme para ver si así me podría aguantar más, pero nada sirvió, me oriné y no pude evitarlo, muy asustada trate de tender la cama pero cuando Chicali se despertó me notó nerviosa y quitó las cobijas para descubrir lo que yo traté de esconder, su reacción fue inmediata, cuando me di cuenta ya estaba tirada en el piso con la boca semi adormecida y sangrando, después colgó la sábana de la ventana “para que todos vieran mis cochinadas”.
Yo traté de explicarle pero no me dejó, me castigó y no pude comer en todo el día.
Esa noche volví a llorar, él se despertó y me obligó a escribirle a Yolanda, diciendo que yo era un chillón maricón y me pintó los labios con un bilé, para marcar la carta con un beso de “niño maricón”. Con el golpe se me aflojó un diente que después él me pondría un hilo para tirarlo, eso sí, bajo mi almohada apareció un billete de 5 dólares “que me dejó el ratón”, con ellos le compré una vajilla de porcelana china a Yolanda de regreso en Francfort.
En los primeros días de enero me quitaron el yeso, esta vez Chicali estuvo allí, el doctor encendió una sierra circular y cortó el yeso, yo estaba aterrada y con la expresión de Chicali parecía que él estaba mas nervioso que yo, pero lo peor fue cuando vio la herida y me quitaron los puntos, él nada más decía “puta madre” mientras me acariciaba el cabello, yo nada más apretaba los ojos y los labios por el dolor al jalarme cada una de las más de 20 puntadas.
La operación fue un éxito, mi pierna ya no estaba chueca y podía pisar con más fuerza; aunque seguía sufriendo al ponerme los aparatos, ya no me caía tan seguido y mis pasos ya eran más normales.
A la semana abracé y besé muy fuerte a Joana, lloré mucho cuando me subí al avión que tanto espere para regresar a mi casa y ya no sentirme abandonada y sentir esos 5 meses como los más tristes.
Nunca hablé de todo esto con nadie, al pasar el tiempo sigue doliendo igual.
Irina Echeverría: Escritora mexicana, Estudió Economía en la UNAM y es Diplomada en Movimientos Sociales, (FLACSO), militante del PSUM e integrante de la Dirección Nacional del PRT, participó en el Movimiento Estudiantil 86-87 de la UNAM. Hija de políticos izquierdistas, su padre fue preso político del 68. Fundadora de la Promotora de Solidaridad "Va por Cuba", premiada con la Medalla de la Amistad por el Estado Cubano EN 1996, colaboró con la formación del FZLN. Ha ganado un caso en la Procuraduría Social del Distrito Federal y otro en la Delegación Tláhuac para colocar una rampa de acceso a su casa con su silla de ruedas pese a las agresiones transfóbicas, misóginas y homofóbicas de sus vecinos.
Viva por decisión, mujer por convicción.
Ilustración: Carta de Tarot atribuida a Leonardo Da Vinci

0 Comments:
Post a Comment
<< Home